Desde que soy capaz de sujetar un lápiz, escribo y dibujo, y dejo volar mi imaginación. Eso hizo que, un día, durante mi primer o segundo año del liceo, mis padres vinieran a verme y me dijeran: “Tu profesora de alemán acaba de llamar. Se trata del último examen…”
Me sobresalté… pero entonces a mi padre se le escapó una gran sonrisa y mi madre sonrió: “¡Nunca había leído una historia tan bien escrita de una alumna de tu edad! ¡Está encantada!”
En los años siguientes se añadieron las lenguas extranjeras: inglés, latín, francés… y supe: ¡la palabra, el lenguaje! ¿Por qué una lengua muerta como el latín es tan diferente de una lengua que todavía se habla?¿Por qué se pueden expresar tantas cosas con palabras y, sin embargo, nunca se llega a captar realmente lo esencial?
En 1990 me fui a Japón para conocer una cultura y un idioma totalmente diferentes y, con ello, una forma de pensar y una mentalidad distintas. Aprendí el idioma, tanto hablado como escrito, y estudié lingüística allí. Desde entonces, me ha apasionado y fascinado el arte de la traducción, la psicología del lenguaje y las diferencias, a veces aparentemente insuperables, entre lenguas y culturas… y la constatación de que, aún así, en el fondo, esas diferencias no son tan grandes.
Once años más tarde, mi camino me llevó de nuevo a Múnich, donde en 2010 tuve el encuentro con mi maestra espiritual, que cambió mi vida. Al año siguiente la seguí a su ashram en la India. Allí, entre palmeras y cocoteros, en una comunidad internacional y muy variada, con meditación, yoga, canto y todo tipo de tareas y trabajos, pronto me convertí en responsable y asesor de las traducciones de los innumerables libros, artículos y demás publicaciones que escribían constantemente los miembros del ashram y de la ONG asociada sobre una gran variedad de temas.
Ahora vivo en México y asesoro a clientes internacionales en todo lo relacionado con la localización y la comunicación multilingüe.
Además, he retomado la escritura creativa y ofrezco acompañamiento y apoyo a clientes particulares y organizaciones, porque hay una cosa que ninguna tecnología del mundo puede hacer: sentir, y comprender lo que siente otra persona, y expresarlo de forma creativa para que, a su vez, otros puedan sentirlo y comprenderlo.